Cuando se es niño, se tiene la confianza y sobre todo la certeza de poder realizar el sueño infantil en la adultez, que permita vivir una vida plena, significativa y trascendente, fiel a lo que somos en esa etapa de la vida. Durante años busqué respuestas que me permitieran comprender qué me impedía realizarme con total libertad, sobre todo en mi dimensión creativa.

De niño me gustaba dibujar y recuerdo que a los 11 o 12 años solía pedir catálogos de cursos por correspondencia que me llamaban mucho la atención, particularmente uno donde enseñaban a dibujar en forma profesional.

Con este deseo en mi corazón le comunique a mi padre con alegría, que ya tenía claro qué sería cuando grande: “seré dibujante”, le dije con total tranquilidad. Su respuesta no se hizo esperar: “no, te vas a morir de hambre, eso no da para vivir”. En ese momento una parte de mi desapareció. Mi padre, quien era mi referente, quien debía ser un guía me negaba realizarme, negaba mi esencia y proyectaba sobre mi sus miedos prohibiéndome realizar mi deseo. Este episodio, guardado en lo profundo de mi inconsciente durante años, me acompañó como un mandato que debía cumplir sin cuestionar. Terminado el colegio estudié unos años publicidad sin pasión y sin convicción, a partir de ese período comencé un recorrido que llevaría años.

Esta búsqueda me llevó a estudiar sonido, y un par de años después, formé una oficina de diseño gráfico. Todo lo que emprendía tenía relación con la creatividad, con realizar ese sueño que mi padre me había prohibido, no con la intención de dañarme, sino por la visión que tenía de la vida y cómo le había tocado vivirla. Para él era más importante tener un trabajo que le permitiera una estabilidad material, que dejarse llevar por un anhelo de juventud. Parte de mi vida adulta me vi tratando de hacer realidad mi sueño y me preguntaba por qué era tan difícil vivir de una actividad que tuviera como eje central la creatividad.

Para salir de la incertidumbre y cansado de seguir experimentando esa insatisfacción, pregunté al Tarot desde su dimensión proyectiva del inconsciente, quien me imponía los límites. Su respuesta fue clara y evidente: mi padre representado por el arcano El Emperador, le daba la espalda a La Fuerza, arcano que simboliza la dimensión creativa-sexual de un ser humano, y a la vez, al Diablo, arcano que representa toda la creatividad, pasión y deseos inconscientes.

Esta revelación me hizo recordar mi niñez y el episodio con mi padre, olvidado en el tiempo y que el Tarot se encargó de hacerme recordar. Él decretó que no podía vivir del arte, de lo creativo y debía seguir su ejemplo.

Durante la infancia los padres son nuestros dioses, los referentes a quienes imitamos y no nos atrevemos a enfrentar y contradecir, a riesgo de perder su amor y aceptación. Una frase, una palabra o acto pueden marcar nuestra psiquis durante toda una vida, determinando en parte lo que somos. A partir de esta revelación, me puse en acción y realicé un acto de psicomagia que me permitiera liberarme y conectar con mi dimensión creativa ahora sin ataduras, sin prohibiciones.  Me deshice de mi frustración, restauré y establecí un nuevo tipo de relación con mi padre, una relación que tomó forma en mi corazón y en mi psique.

Texto escrito para Academia del Bienestar.